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Golpes, el efecto rebote

 

Autor: Manuel Freire-Garabal y Núñez

Jefe de la Casa Real de Morris. Subsecretario del Real Instituto Alfonso XIII 

A Coruña, 23 de Marzo de 2017

De una juventud a otra, el golpe es elemento fundamental para el entendimiento y el aprendizaje. En otros tiempos, como enseñanza, el influjo de la fuerza parecía ser el único método pedagógico, así como de solución de conflictos.

 

¡Capón como solución! – entendían algunos maestros de ciertos tiempos. Otros afirmaban «miedo como remedio», aspecto del cual se jactaban muchos personajes otrora olvidados. El principal conflicto residía en que la imposición de respeto se manchaba con el maltrato, del cual abusaban tanto progenitores como maestros, e incluso las fuerzas del orden.

Ahora, las tornas han cambiado, «hostión como solución», pero por parte de alumnos e hijos hacia maestros y progenitores.

 

Entre los miembros de la generación 2.0, aparece un grupo de “ninis” con este comportamiento, lo que resulta un motivo de preocupación en las conversaciones e incluso en los medios de comunicación.

 

Ya lo decían los Presuntos Implicados: “Cómo hemos cambiado", aunque esta vez no se trata de una canción de amor, es la bochornosa realidad, en la que la violencia y el miedo están ampliando sus acepciones.

 

Para un servidor, la problemática nace de dos elementos: el capricho y la ley.

 

En primer lugar, el capricho como consecuencia única de los padres excesivamente condescendientes. En esta relación, pedir y corresponder parecen ser procesos encadenados con mayor agilidad que los “pipeos bursátiles”, lo que da lugar a la generación de insolentes y caprichosos destinados a excluirse de la sociedad base a criterios evolutivos. Como es sabido de la teoría evolucionista de Lamark prevalecen quienes saben adaptarse al medio y luchan por sobrevivir. Ergo, esta versión mejorada de insolentes no puede más que perecer en la adaptación, puesto que no procuran un mínimo intento de integración, en todo caso les piden a sus padres que lo hagan por ellos.

 

En segundo lugar, la legislación en materia de interés del menor, la cual defiende sin limitación el papel del infante en la sociedad, acorde a la necesidad de la prosperidad de la Sociedad. Pues bien, el efecto es el opuesto. Lo que se consigue con una excesiva sobreprotección del menor – en ciertas materias como su ámbito de propiedad privada – es facultar la posibilidad de que, por ejemplo, un hijo pueda denunciar a sus padres por mirar su teléfono móvil.

 

La presente situación es menester analizarla.

 

Por un lado, la esfera de la propiedad privada del menor. ¿Podría considerarse el móvil de un menor de su propiedad? Rotundamente no, se fundamenta en la existencia de documentos que garantizan todo pago de dicho dispositivo a cargo de un mayor de edad – el cual corresponde a su progenitor – por tanto, ¿Cómo se va a prohibir al legítimo propietario de un dispositivo a no hacer uso de él? Y es más, tiende a hacerse la revisión del dispositivo por el interés del menor – generalmente en base al posible consumo de estupefacientes o el deambular con compañías desaconsejables para el mismo –.

 

Por otro lado, la esfera personal o moral, ¿en qué momento se menoscaba la integridad moral del menor en el presente caso? En todo caso y cómo se analizó previamente, el padre o la madre procuran la protección de su hijo para que pueda desarrollarse en sociedad acorde a los buenos valores y costumbres que hagan de él una persona de bien.

 

Lógicamente, es menester conciliar esta labor de protección frente a posibles amenazas, con la necesidad de proteger la intimidad de los hijos en muchos ámbitos de su vida, pues, de ser vulnerada, podría cerrar cauces por los que una persona encuentra consuelo, comprensión o apoyo entre sus familiares y amigos. Es en este fino equilibrio donde se reclama la buena formación de los padres como educadores, lo que les atribuye la autoridad moral frente a los hijos, lo que hace innecesaria la fractura familiar que puede causar el inicio de un proceso judicial

 

Esta serie de supuestos, así como la agresión de un alumno o un hijo a su padre, son totalmente contrarias a la diligencia personal cuya única forma de imposición es mediante el respeto, eso sí, no mediante “agresión física” – tal y como tilda cierto sector demagógico –.

 

Un servidor aconseja, para finalizar, el respeto en la sociedad es fundamental. Si no se educa a las futuras generaciones, la tendencia social es el caos, ergo eduquen a sus hijos. La mejor solución «sean mitad monjes y mitad señores feudales, o la sociedad morirá a golpes» 

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